Las experiencias místicas de San Francisco de Asís

El dulce sabor de Belén y la conversión

Cuando Francisco pronunciaba el nombre de Belén sentía miel en la boca. Cuando comenzó a hacer penitencia y a abrazar la pobreza absoluta, usando misericordia hacia los leprosos, pudo decir: "Lo que me parecía amargo se me cambió en dulzura de alma y de cuerpo".

El carro de fuego: la visión del alma

Hacia la medianoche, quienes estaban despiertos y oraban en silencio vieron entrar por la puertecita de la casa un carro de fuego luminosísimo que dio dos o tres vueltas de un lado a otro por la habitación; sobre él se apoyaba un gran globo, resplandeciente como el sol, que iluminó la oscuridad nocturna.

Quedaron estupefactos por aquella luz que no solo penetró en el cuerpo, sino también en el espíritu, donde produjo efectos extraordinarios. Reunidos, se preguntaron el significado del fenómeno; entonces comprendieron que con certeza se trataba del alma del beato Padre. Era un don extraordinario otorgado por Dios a Francisco por su pureza y su ardiente amor hacia las criaturas.

El beso al leproso: el encuentro con Cristo

Un día, mientras Francisco meditaba sobre dejar la vida mundana cabalgando por los campos fuera de las murallas de Asís, escuchó distintamente el sonido de una campana.

Francisco tuvo el impulso de huir porque sabía que la lepra era una enfermedad muy contagiosa; sin embargo, venció la repugnancia, descendió del caballo, se acercó al leproso y lo besó con el beso del amor. Al subir de nuevo a caballo, se volvió para despedirse del leproso, pero este había desaparecido. Aquel leproso era Jesucristo bajado a la tierra para recibir el beso de su siervo.

"En el testamento Francisco dejó escrito: Cuando estaba en el pecado, me parecía demasiado amargo ver a los leprosos; el Señor me condujo entre ellos, y al alejarme, lo que antes estimaba amargo se me transformó en dulzura de alma y de cuerpo, y después abandoné el mundo".

Para profundizar en este paso fundamental, puedes leer su testamento espiritual.

Los Estigmas: el Sello de Cristo en la Verna

Francisco, con algunos compañeros, alcanzó la cumbre de la Verna, donde practicó durante varios días una oración cada vez más ardiente. El 14 de septiembre de 1224, día de la Exaltación de la Cruz, en las primeras horas de la mañana Francisco fue marcado por los estigmas.

La visión del Serafín de seis alas

Cuenta Celano: "Vio a un hombre que estaba sobre Él, semejante a un Serafín con seis alas, las manos extendidas y los pies juntos y fijados en una cruz. Dos de las alas estaban extendidas sobre su cabeza, dos estaban extendidas como para volar, y dos estaban envueltas alrededor de todo el cuerpo.

Cuando el bienaventurado siervo del Altísimo vio estas cosas, quedó lleno de la mayor maravilla, pero aún no lograba comprender qué significaba aquella visión. Sin embargo, se llenó de felicidad y se regocijó grandemente por el cortés y benigno mirar con el que se veía observado por el serafín, cuya belleza era inestimable."

Los signos de la pasión en el cuerpo

Y mientras era incapaz de llegar a una comprensión de aquello y la extrañeza de la visión dejaba perplejo su corazón, los signos de los clavos comenzaron a aparecer en sus manos y en sus pies, exactamente como los había visto poco antes en el hombre crucificado sobre él. Además de esto, su costado izquierdo era como si hubiera sido atravesado por una lanza.

El Lobo de Gubbio: el milagro de la paz

Toda la ciudad de Gubbio vivía bajo la pesadilla de un fiero Lobo que en sus frecuentes apariciones en la ciudad hacía estragos entre los animales y los hombres; los pobres y asustados habitantes, para defenderse, se veían obligados a encerrarse dentro de las murallas.

Francisco tuvo compasión de aquella gente e, inspirado por el Señor, salió de la ciudad para encontrarse con el Lobo. Cuando vio al animal venir hacia él, lo detuvo con un gesto de la cruz y le dijo: "Hermano lobo, ven hacia mí; yo te ordeno de parte de Cristo que no hagas daño ni a mí ni a nadie; yo te prometo que los hombres proveerán a tu sustento, ¿estás de acuerdo?". El Lobo, manso como un cordero, extendió la pata a Francisco para aceptar el pacto propuesto ante todos los ciudadanos atónitos. El Lobo vivió largo tiempo entre los habitantes sin hacer ningún daño. Los habitantes, en recuerdo de un prodigio tan admirable, hicieron erigir una pequeña iglesia que aún existe y que se llama la iglesia de la "Victoria".

Las predicciones sobre el futuro crecimiento de la Orden

Un día el Poverello de Asís se puso en oración para obtener de Dios la iluminación sobre cómo sería su vida y la de sus hermanos. Inmediatamente sintió inundar lo más íntimo de su corazón de una inefable alegría e inmensa dulzura. Fue arrebatado fuera de sí y, en la iluminación divina, pudo contemplar con claridad el futuro.

Terminada la contemplación y vuelto lleno de gozo, dijo a sus frailes: "Carísimos, confortaos y regocijaos en el Señor; no os entristezca el hecho de ser pocos; no os espante mi y vuestra sencillez, porque, como me ha revelado el Señor, él nos hará una innumerable multitud y nos propagará hasta los confines del mundo. He visto una gran cantidad de hombres venir a nosotros, deseosos de vivir con el hábito de la santa vida común y según la Regla de la bienaventurada Religión. Aún resuena en mis oídos el rumor de su ir y venir conforme al mandato de la santa obediencia. He visto las calles atestadas de ellos, provenientes de casi todas las naciones".

Las golondrinas de Aviano: la predicación a los animales

Un día, mientras San Francisco hablaba al pueblo reunido en la plaza de Aviano, una bandada de golondrinas gorjeaba tan fuerte que impedía que su voz llegara a los presentes. Francisco se dirigió a ellas con las siguientes palabras: "Hermanas mías golondrinas, ahora me toca a mí hablar, porque vosotras ya lo habéis hecho lo suficiente; escuchad la palabra de Dios calladas y quietas, hasta que el discurso haya terminado."

La bandada enmudeció inmediatamente ante el asombro de la multitud y así permaneció hasta que la predicación no hubo finalizado. Los presentes se asombraron ante este signo y dijeron: "¡Verdaderamente este hombre es un santo y un amigo del Altísimo!".