El Sufrimiento de Santa Teresa de Lisieux: Cruz, agonía y abandono en Dios

El sufrimiento de Santa Teresa de Lisieux fue un calvario físico y espiritual sin precedentes: desde la tuberculosis hasta las llagas de la gangrena, hasta la agonía final. Y sin embargo, precisamente en ese dolor supremo, la pequeña carmelita reveló al mundo el corazón de su Camino Pequeño: abandonarse en las manos de Dios como una niña.

1. El calvario físico: tuberculosis y llagas

El sufrimiento de Teresa era atroz, pues a la enfermedad del pecho se añadió la tuberculosis en los intestinos, que trajo consigo la gangrena, mientras se formaban llagas, causadas por su extrema delgadez. Males que no podían de ningún modo aliviarse, y se anunciaron días aún más oscuros.

2. El misterio de su pasión

Fue ella misma quien acompañó a las hermanas dentro del misterio de su pasión que se anunciaba particularmente insoportable.

«No os entristezcáis, hermanitas mías, si sufro mucho y si en el momento de la muerte no veréis en mí, como ya os he dicho, ninguna señal de felicidad. Nuestro Señor bien murió como víctima de Amor, y ¡ved cuál fue su agonía!» (QC 4.6.1)

La hora nona y el misterio de la Cruz

Contó la hermana Celina (Sor Genoveva): «Hacia media tarde, se sintió afectada por dolores extraños en todos los miembros. Apoyando entonces el brazo sobre los hombros de Madre Inés de Jesús, extendió el otro hacia mí para hacerse sostener, y quedó así por algunos instantes.

En ese momento sonaron las tres... y nos sentimos tomadas por una cierta emoción. ¿Qué pensaba ella en ese momento? A nosotras nos recordaba la imagen conmovedora de Jesús en la Cruz, y esa coincidencia me pareció llena de misterio» (PO 310).

3. La agonía de las últimas horas

Cuando la agonía de Teresa llegó fue terrible y larguísima. A las cinco se dieron cuenta de que el final era ya inminente:

«Por más de dos horas un estertor terrible desgarró su pecho. El rostro estaba congestionado, sus manos violáceas, tenía los pies helados y temblaba con todos los miembros. Un sudor profuso le perlaba la frente con gotas enormes y corría por sus mejillas. Estaba bajo el peso de una opresión creciente, a veces lanzaba pequeños gritos involuntarios. A las seis, cuando sonó el Ángelus, miró largamente la estatua de la S. Virgen...» (QG 30.9)

4. Las últimas palabras y el éxtasis final

Las últimas palabras que Teresa pronunció en la tierra, mirando su Crucifijo pocos instantes antes de expirar, han conmovido el corazón de innumerables cristianos:

«¡Oh, yo lo amo! Dios mío... yo os amo...»

Palabras de amor en una muerte de amor, aunque demasiado a menudo se olvida desde qué terrible cruz se elevaron hacia el Padre celestial.

Una infinita ternura desde el Cielo

Los últimos instantes antes de expirar fueron un dulcísimo éxtasis que duró cuanto el espacio de un Credo, al que asistió toda la comunidad arrodillada junto a la cama. Parecía que alguien le hablaba y ella hacía pequeños movimientos como si quisiera responder: había en sus ojos una felicidad indecible.

Un infinito asombro, como si sus esperanzas hubieran sido todas infinitamente superadas. Pero el asombro máximo lo daba lo que trasparía de su rostro en esos instantes supremos: parecía que la acogida reservada por Dios fuera de una ternura y de una misericordia tales que ni siquiera ella, Teresa, había logrado imaginar.

Había dicho un día, para explicar la ternura con la que se preparaba para ir al encuentro de Dios:

«Si Él me reprochara aunque fuera solo un poquito, yo no lloraré. Pero si Él no me reprochara nada en absoluto, si me acogiera con una sonrisa, ¡entonces lloraré!» (QC 21.7.2)

5. El mensaje: dejarse amar

Por algunas horas su rostro adquirió una conmovedora belleza, las manos de Teresa apretaban tan fuerte el Crucifijo que no lograban quitárselo, y la delicada mortaja parecía la de una jovencita de 12-13 años. Así como Jesús en la cruz, Teresa había revelado al mundo toda su eterna filiación, abandonándose en las manos de su Abbá.

Lo que impacta en el relato de la pasión de la joven carmelita es su llamada a volver a ser niño, hasta en la sustancia misma de su ser, es decir, en el espíritu, en el alma e incluso en el cuerpo. Yo soy «una pobre pequeña nada» decía Teresa, contemplando con estremecimientos de pasión y de dulzura el Amor que irresistiblemente se abajaba hasta ella.

Y en el lecho del dolor esa pobre nada, triturada por el sufrimiento, sabía que toda su esperanza consistía en dejarse amar.

Lo que Teresa habría querido comunicar a todos, incluso reducida a ese estado de aniquilamiento, era su sentimiento así resumido en un escrito:

«Oh Dios, qué dulce eres para la pequeña víctima de Tu Amor.»