Santa Teresa de Lisieux: La Infancia entre alegría y sufrimiento

La Infancia de Santa Teresa

Santa Teresa de Lisieux sufrió, ya en los primeros meses de vida, graves enfermedades que la llevaron casi al umbral de la muerte.

Sin embargo, Teresa escribe:

"¡Qué feliz era a esta edad! Ya comenzaba a gozar de la vida."

Una Infancia Feliz y Radiante

Los años llenos de sol

Teresa recuerda con dulce nostalgia los años de su primera infancia:

"¡Qué rápido pasaron los años llenos de sol de mi infancia, pero qué dulce añoranza dejaron en mi alma."
(Manuscrito A, 11r.v)

Y aún reflexiona sobre la importancia de la educación recibida:

"Con una naturaleza como la mía, si hubiera sido educada por padres carentes de virtud... me habría vuelto muy mala, y quizás me habría perdido."
(Manuscrito A, 8v)

La primera infancia es el inicio de una historia en la cual ningún desenlace está excluido: tanto la santidad como la perdición. Sin una madre que ayude a orar, las palabras se congelan en la boca y en el corazón.

La pérdida de la madre

Teresa percibe cuán irreparable es la pérdida de su mamá:

"Ah, no es como mamá... ¡Ella siempre nos hacía rezar nuestra oración!"
(Manuscrito A, 12v)

Era una familia en la que Dios era amado y buscado como una persona viva, como una persona querida y presente.

"Más adelante, cuando se me apareció la perfección, comprendí que para llegar a ser Santa había que sufrir mucho, buscar siempre lo más perfecto y olvidarse de sí misma."
(Manuscrito A, 10r.v.)

El Sufrimiento y el Cambio

El carácter cambia

Con la muerte de su mamá, Teresa conoce el sufrimiento y su carácter pierde la radiante alegría que lo distinguía:

"...mi carácter feliz cambió completamente, yo tan vivaz, tan expansiva, me volví tímida y dulce, sensible en exceso..."

La segunda mamá

Teresa elige una segunda mamá en su hermana Paulina, quien hace todo lo posible, pero la niña sabe que el mundo materno le está vedado para siempre. Es pues a nivel del amor donde la personalidad ha sido sacudida.

El internado de las Benedictinas

Cuando Teresa debió asistir, como todas sus hermanas, al internado de la Abadía de las Benedictinas, esos cinco años serían para ella un tormento:

"Con mi naturaleza tímida y delicada, no sabía defenderme y me contentaba con llorar sin decir nada..."
(Manuscrito A, 22v)

Hay en nosotros una tendencia insofocable a hacer coincidir la bondad con la complacencia, la comprensión con la complicidad, la paciencia con la debilidad. A Teresa niña se le quita repetidamente a su madre, lo sufre hasta morir y continúa invocándola desesperadamente, hasta que esta misma invocación desesperada parece suprimir todo otro impulso vital.

La curación por intercesión de la Virgen

"La Virgen me hizo sentir que era verdaderamente Ella quien me había sonreído y me había curado."

Las Primeras Gracias y la Vocación

El don de la Piedad

Teresa, desde adolescente, ya conoce por experiencia la posibilidad de tocar el corazón de los hombres, incluso los más endurecidos. Desde los primeros años, es evidente la existencia de un don específico del Espíritu Santo, que invade progresivamente todos los espacios de su alma, de su corazón e incluso de su actividad tanto interior como exterior: el don de la Piedad.

Ser feliz de Dios y hacerlo feliz se convierte entonces en el secreto de su vida.

La misión en el Carmelo

"Lo que venía a hacer al Carmelo lo declaré a los pies de Jesús Eucaristía, en el examen que precedió a mi profesión: he venido para salvar las almas y sobre todo para orar por los sacerdotes."

De la Infancia al Santo Rostro

La mortificación como amor

Teresa ha decidido recorrer el camino de la mortificación, no tanto como compromiso ascético, sino como cortesía amorosa hacia el Esposo presente, a quien quería entregarlo todo.

La enfermedad de papá

Un sufrimiento durísimo golpea a Teresa desde los primeros meses de su vida monástica, un sufrimiento que absorbe en sí y reformula todo otro dolor, toda otra aridez, todo otro distanciamiento afectivo: la grave enfermedad de su papá.

El tormento interior

Teresa quisiera poder esconderse en el rostro adorable de Jesús para estar segura de no pecar más, porque su constante tormento interior es estar segura de no haber ofendido a Dios de manera de evitar Su rechazo; el solo pensamiento de que tal desgracia le pudiera acontecer, sin que ella fuera consciente, basta para arrojarla en la angustia.