Conversión y pureza: San Antonio guía a los pecadores
"Sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve"
(Mt 17,2)
"Cuales ningún lavandero en la tierra podría hacer"
(Mc 9,2).
El simbolismo de las vestiduras blancas y la nieve
Las vestiduras de nuestra alma son las miembros de este nuestro cuerpo: deben ser blancas. Dice Salomón: "¡En todo tiempo sean blancas tus vestiduras!" (Ecl 9,8). ¿De qué blancura? "Como la nieve", dice el evangelio. El Señor, por boca de Isaías, promete a los pecadores que se convierten: "Si vuestros pecados fueren como la grana, cual nieve serán blanqueados"
(Is 1,18).
Observa aquí dos cosas: la grana y la nieve. La grana es una tela que tiene el color del fuego y de la sangre. La nieve es fría y blanca. En el fuego se representa la ardor del pecado, en la sangre su inmundicia; en la frialdad de la nieve se simboliza la gracia del Espíritu Santo, en la blancura la pureza de la mente. Dice pues el Señor: "Si vuestros pecados fueren como la grana", etc. Es como si dijera: Si volveréis a mí, yo infundiré en vosotros la gracia del Espíritu Santo que apagará el ardor del pecado y lavará su inmundicia. Él mismo dice aún por boca de Ezequiel: "Entonces derramaré sobre vosotros agua limpia y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias"
(Ez 36,25).
Por tanto las vestiduras, es decir las miembros de nuestro cuerpo, sean blancas como la nieve, para que la frialdad de la nieve, es decir la compunción de la mente, apague el ardor del pecado, y la pureza de una vida santa borre toda inmundicia. Las vestiduras representan también las virtudes de nuestra alma, que, revestidas de ellas, aparece gloriosa ante el Señor. De estas vestiduras, en el relato bíblico, se dice que Rebeca vistió a Jacob con vestiduras muy bellas, que tenía consigo
(cf. Gn 27,15).
Rebeca, es decir la sabiduría de Dios Padre, vistió a Jacob, es decir al justo, de virtudes, vestiduras muy bellas porque tejidas con la mano y el arte de su Sabiduría: vestiduras que tiene consigo, guardadas en el tesoro de su gloria; y las tiene verdaderamente, porque es Señor y dueño de todo y las da a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Estas vestiduras se dicen blancas por el efecto que producen, porque hacen al hombre blanco, no digo solo como la nieve, sino mucho más que ella. Y tales vestiduras ningún lavandero, es decir ningún predicador sobre la tierra, puede hacerlas tan blancas con el lavado de su predicación.
Las advertencias de San Antonio contra los vicios capitales
Tú, oh soberbio, recuerda ante los ojos de tu mente la corrupción de tu cuerpo, la podredumbre y el hedor que desprenderá. ¿Dónde estará entonces esa tu soberbia del corazón, esa tu ostentación de riquezas? Entonces no habrá más palabras llenas de viento, porque la vejiga se desinfla con una mínima pinchadura de aguja. Estas verdades, meditadas en lo íntimo, ungen la cabeza pustulosa, humillan es decir la mente orgullosa.
La advertencia sobre la avaricia
Y tú, oh avaro, acuérdate del último examen, donde estará el Juez indignado, estará el verdugo listo para torturar, estarán los demonios que acusan y la conciencia que remuerde. Entonces tu plata será tirada, el oro se convertirá en suciedad; tu oro y tu plata no podrán libertarte del día de la ira del Señor
(cf. Ez 7,19).
Estas verdades, meditadas con atención, consumen y arrancan las verrugas de la superfluidad, y las reparten entre aquellos que carecen incluso de lo necesario. Por tanto, cuando ayunas, unge - te suplico - tu cabeza con este ungüento, para que lo que te quitas a ti mismo sea otorgado al pobre.
La advertencia sobre la lujuria
Tú pues, oh lujurioso, piensa en la gehena del fuego inextinguible, donde habrá muerte sin muerte, fin sin fin; donde se busca la muerte pero no se encuentra; donde los condenados se comerán su lengua y maldecirán a su Creador. Leña de ese fuego serán las almas de los pecadores y el aliento de la ira de Dios las encenderá. Dice Isaías: "Desde ayer", es decir desde la eternidad, "está preparado el Tofet", la gehena de fuego, "profunda y ancha. Fuego y leña abundarán; el aliento del Señor la encenderá como torrente de azufre"
(Is 30,33).
He aquí el ungüento que hiere, que penetra, capaz de sanar la más obstinada lujuria. Como clavo saca clavo, así estas verdades, meditadas asiduamente, pueden reprimir los estímulos de la lujuria. Tú pues, cuando ayunas, unge tu cabeza con este ungüento.
La escalera de Cristo: humildad, pobreza y obediencia
Observa que la escalera tiene dos "brazos" (montantes) y seis escalones, por medio de los cuales es fácil el ascenso. Esta escalera representa Jesucristo; los dos brazos son la naturaleza divina y la humana; los seis escalones son su humildad y pobreza, la sabiduría y la misericordia, la paciencia y la obediencia. Fue humilde al asumir nuestra naturaleza, cuando "miró a la humildad de su esclava"
(Lc 1,48).
Fue pobre en su natividad, en la cual la Virgen pobrecilla, dando a luz al mismo Hijo de Dios, no tuvo dónde acostarlo, envuelto en pañales, si no un pesebre de ovejas (cf. Lc 2,7). Fue sabio en su predicación, porque "comenzó a hacer y a enseñar" (Hch 1,1). Fue misericordioso al recibir benignamente a los pecadores: "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt 9,13) a la penitencia. Fue paciente bajo los azotes, las bofetadas, los escupitajos; dijo pues por boca de Isaías: "He puesto mi rostro como piedra dura" (Is 50,7). La piedra, si viene golpeada, no reacciona ni se queja contra quien la golpea. Así Cristo: "Injuriamdo, no respondía con injurias, y sufriendo no amenazaba venganza"
(1Pd 2,23).
Fue luego "obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Flp 2,8). Esta escalera estaba apoyada en la tierra cuando Cristo se dedicaba a la predicación y operaba milagros; tocaba el cielo cuando, como nos dice Lucas, pasaba las noches en oración (cf. Lc 6,12), en coloquio con el Padre.
La invitación al ascenso: seguir el camino del Señor
Mira, la escalera está puesta en pie. ¿Por qué pues no subís? ¿Por qué continuáis arrastrándoos por tierra con las manos y con los pies? Subid, porque Jacob vio a los ángeles que subían y descendían por la escalera. Subid pues, oh ángeles, oh prelados de la iglesia, oh fieles de Jesucristo! Subid, os digo, a contemplar cuán suave es el Señor (cf. Sal 33,9); descendid para ayudar y aconsejar al prójimo, porque de esto el prójimo necesita.
¿Por qué tentáis subir por otra vía, en lugar de por la escalera? De cualquier otra parte que queráis subir, se abate sobre vosotros un precipicio. "Oh insensatos y tardos de corazón", no digo "en creer" (Lc 24,25), porque creéis, y también los demonios creen (cf. Stg 2,19); sino que sois duros y de piedra en obrar. Presumís de poder subir por otra vía al monte Tabor, al descanso de la luz, a la gloria de la bienaventuranza celestial, en lugar de por la escalera de la humildad, de la pobreza y de la pasión del Señor? Convencedos de que no es posible! He aquí la palabra del Señor: "El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24). Y en Jeremías leemos: "Me llamarás Padre, y no dejarás de andar en pos de mí"
(Jer 3,19).
Dice Agustín: "El médico bebe primero la medicina amarga, para que no se rehúse a beberla el enfermo". Y Gregorio: "Bebiendo el cáliz amargo se llega a la alegría de la curación". "Para salvar la vida, debes enfrentar el hierro y el fuego" (Ovidio). Subid pues, no temáis, porque está el Señor en la cima de la escalera, listo para recibir a los que suben. "Jesús, pues, tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y subió a un monte altísimo".
