Canonización de San Antonio: milagros y devoción

En los días que siguieron al dichoso tránsito del fraile Antonio, numerosos y portentosos milagros fueron atribuidos a la intercesión del popularísimo fraile.

Durante la celebración de la ceremonia de canonización, en Lisboa, ciudad natal del Santo, las campanas de las iglesias repicaron de fiesta, sin que mano humana las moviese, entre la sorpresa y la alegría de todos los habitantes.

Eventos prodigiosos

Los eventos prodigiosos incrementaron la devoción entre todos los estratos de la ciudadanía, en los pueblos vecinos y en las tierras más lejanas, y favorecieron la afluencia incesante de numerosos peregrinos, la multiplicación de relatos de hechos milagrosos, el crecimiento del entusiasmo, la difusión de un verdadero y propio culto, que correspondía a una canonización de hecho por parte del pueblo, y la movilización general con el fin de ver reconocida por el papa la santidad de Antonio.

Haciendo eco a este deseo unánime, incluso antes de que hubiera pasado un mes desde la muerte del Santo, las autoridades religiosas y civiles enviaron a Roma una delegación formada por eminentes personalidades religiosas y laicas, para presentar al pontífice la petición de toda la ciudad, obispo, clero, podestá, nobles y pueblo, para obtener el inicio de un proceso regular sobre la santidad y los milagros atribuidos a Antonio.

La delegación fue recibida por Gregorio IX, el papa que había conocido bien a Antonio, quien se había dirigido a Roma para pedir el juicio del papa sobre algunas cuestiones debatidas entre los frailes, y había quedado tan fascinado por su elocuencia y profundidad de doctrina que lo había definido "Arca del Testamento" y "Cofre de las Sagradas Escrituras". El viejo pontífice no podía sino alegrarse al escuchar la fama de santidad que rodeaba al fraile Antonio y al ver madurar frutos tan maravillosos. Reunió entonces inmediatamente el colegio cardenalicio para discutir la solicitud de la embajada padovana e iniciar el proceso de canonización.

La primera fase de este "iter" canónico, que fue de los más breves que se recuerdan habiendo durado menos de once meses (julio de 1231 - mayo de 1232), fue la constitución de un tribunal diocesano en Padua, para formar el cual el papa eligió al obispo de la ciudad, Jacopo, el prior benedictino Giordano Forzaté y el prior de los dominicos Giovanni da Vicenza, dándoles el encargo de escuchar y examinar los testimonios sobre las virtudes de Antonio y de recopilar y evaluar todos los episodios considerados milagrosos y atribuidos a su intercesión.

Ultimado en febrero de 1232 el trabajo del tribunal, llevado a cabo con diligencia y celeridad por los tres comisarios, el obispo y el podestá enviaron al papa una nueva delegación, formada por canónigos, frailes, magistrados y nobles, la cual transmitió el expediente y defendió eficazmente la causa.

Gregorio IX pasó inmediatamente a la segunda fase de la causa, instituyendo el proceso apostólico y confiando su presidencia al cardenal de S. Sabina, Giovanni d'Abbeville, ya monje benedictino de Cluny y abad del monasterio de S. Pedro d'Abbeville. Este llevó a cabo el proceso en brevísimo tiempo y con resultado favorable. El papa, que desde principios de mayo de 1232 se encontraba en Spoleto, estableció que la canonización del fraile Antonio se llevaría a cabo el 30 de mayo, fiesta de Pentecostés, en la espléndida catedral de Spoleto, resurgida de las ruinas de Barbarroja y consagrada unos treinta años antes (1198) por Inocencio III.

El rito solemne de canonización

Llegó finalmente el día tan esperado. Spoleto, que ya en los días anteriores había conocido una animación extraordinaria, vivió una experiencia inolvidable, única, tanto por el hecho en sí, como por los tantos personajes ilustres reunidos en la catedral para tributar al fraile Antonio los primeros honores de los altares: en primer lugar Gregorio IX, envuelto en toda la magnificencia de las vestiduras pontificias y acompañado por los miembros de la corte pontificia; luego los cardenales, obispos y altos prelados, que hacían corona al papa; por lo tanto, además de los jefes de las diversas Órdenes religiosas, una amplia representación de la familia franciscana liderada por el fraile Elías - elegido pocos días antes Ministro general en Rieti en presencia del papa - y particularmente alegre de ver reconocido al primer santo de la Orden después del fundador; además, los representantes del clero y de las autoridades de Padua y de tantas otras ciudades cercanas y lejanas; por último, una multitud de pueblo exultante que la pur grande catedral, engalanada a fiesta de manera del todo excepcional, no pudo contener.

El solemne pontifical con el rito de la canonización se desarrolló según la praxis de la época, que preveía cinco momentos. En primer lugar, el pontífice pronunció una alocución para exaltar las virtudes y los méritos de Antonio. Luego un cardenal o un clérigo de la corte papal declamó los milagros obtenidos por intercesión del canonizando y autenticados en los procesos. En este punto, y fue el momento culminante de la ceremonia, Gregorio IX se puso de pie y en nombre de la SS. Trinidad pronunció la solemne fórmula con la que inscribió a Antonio en el catálogo de los santos: "Para alabanza y gloria del Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, y en honor de la Iglesia romana, veneramos en la tierra al beatísimo padre Antonio, que el Señor ha glorificado en los cielos, tras haber acogido el parecer favorable de nuestros hermanos y de los otros prelados, decretando que su nombre sea inscrito en el catálogo de los santos y que se celebre su fiesta el 13 de junio".

Pío XII, con su carta apostólica "Exulta, Lusitania felix, o felix Padua gaude", del 16 de enero, lo proclamó solemne Doctor universal de la Iglesia, confirmando y extendiendo a toda la Iglesia el culto de doctor que el Santo ya gozaba desde el día de su canonización; o como recientemente, en ocasión del octavo centenario del nacimiento del Santo (1995), cuando los frailes de Padua organizaron una "peregrinación" de algunas reliquias de S. Antonio por toda Italia, tocando también siete ciudades de Umbría: Terni, Foligno, Asís, Perugia, Gubbio, Città di Castello y Spoleto, donde los venerados restos se detuvieron el 13 de septiembre.

La devoción a San Antonio ha crecido en un crescendo incontenible, está más viva que nunca y se ha difundido por todo el mundo; San Antonio sigue atrayendo a grandes multitudes y ofreciendo a todos, como verdadero amigo, su mensaje, su protección y su bendición.

La Bula de Canonización

"... Puesto que el Señor dice por medio del Profeta: Yo haré que todos los pueblos celebren vuestras alabanzas y os coronen de gloria y de honor, y puesto que Él promete que los justos brillarán como el sol ante la presencia de Dios; es cosa piadosa y justa que en la tierra rodeemos de nuestra veneración y alabemos y honremos a aquellos que Dios corona de santidad y honra en los cielos.

De este número es el Beato Antonio de santa memoria, de la Orden de los Frailes Menores, el cual, mientras vivió en la tierra, apareció ornado de las más bellas virtudes, y ahora que se encuentra en el cielo brilla por el esplendor de innumerables milagros, a fin de que quede demostrada de manera evidente su santidad.

Hechos ciertos de sus virtudes y de sus insignes milagros, y habiendo Nosotros mismos por lo demás apreciado en otra ocasión la santidad de su vida y las maravillas de su ministerio, hemos hallado justo y bueno inscribirlo en el Catálogo de los Santos.

Puesto que el Beato Antonio se ha convertido en este mundo en una lámpara tan brillante que, por la gracia de Dios, ha merecido ser colocado no bajo el celemín, sino sobre el candelabro inmortal de la Iglesia Católica, Nos os rogamos a todos y ardientemente os exhortamos con estas cartas apostólicas, más aún os ordenamos que, promoviendo la devoción de los fieles y la veneración hacia él, celebréis cada año el día 13 de junio su fiesta y tengáis cuidado de hacerla celebrar con gran solemnidad.

(Dado en Spoleto el día 23 de junio de 1232, año sexto de Nuestro Pontificado. Gregorio Papa IX.)"